Índice

ISBN: 978-84-1142-867-5
© Fernando Martínez Rodríguez
https://doi.org/10.58842/OMYS8562
Introducción
El conflicto y el consenso en los sistemas democráticos actuales son dos caras de la misma moneda. Las democracias liberales se encuentran en continua tensión entre la necesidad de contraponer ideas (es decir, el conflicto) y la necesidad de llegar a acuerdos integradores (el consenso) que permitan a un estado funcionar. Ya se tenga en cuenta la perspectiva de la democracia competitiva de Sartori (1999) o el concepto de poliarquía de Dahl (1989), los sistemas representativos actuales imbrican la lucha, la confrontación de ideas y el debate entre diversos actores, en donde el conflicto político puede aflorar con facilidad, ya que en el juego político las formaciones pugnan por atraer los máximos votantes posibles. De hecho, si algo distingue a los sistemas que son considerados democráticos, es la posibilidad de confrontación de esas ideas; allí donde no es posible la discusión política entre partidos y/o personas, no existe la democracia. Así pues, el conflicto y el disenso, en su justa medida, son necesarios para un sistema democrático saludable, aunque siempre deberán estar canalizados mediante las instituciones democráticas, de manera que se refuerce la legitimidad del estado nación (Simmel 1964).
A pesar de que el conflicto político es una característica nuclear del sistema democrático actual, puede resultar incómodo. La escenificación de este en los parlamentos nos recuerda que los estados modernos se han construido bajo una amalgama de diferentes puntos de vista, diversas soluciones a los mismos problemas y múltiples intereses confluyendo en continuos desacuerdos que, en ocasiones, hacen subóptima la toma de decisiones de los representantes políticos en contextos en los que ninguna formación tiene el apoyo suficiente. Esta situación llega a su culmen con la denominada polarización política, fenómeno que según Miller (2020) consiste en la explotación por parte de la política de algunos rasgos fundamentales del ser humano: el tribalismo, la identificación con nuestro propio grupo y el rechazo a lo que no pertenece al mismo. Este encuadramiento en diferentes grupos e identidades puede producir problemas de pérdida de confianza tanto en las instituciones democráticas como en las relaciones sociales (Torcal 2023).
No es extraño, por tanto, que parte de la Ciencia Política haya intentado paliar estos efectos indeseados del conflicto en los sistemas democráticos. Desde el punto de vista normativo, algunos autores como Habermas (2005) o Fishkin (1995) proponen un cambio de modelo en el que el disenso se vea reducido mediante la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones. Estas propuestas, incluidas en la tipología de teorías deliberativas de la democracia, buscan que sean otros actores políticos, en este caso la ciudadanía, la que trate de llegar a consensos, ya que no se encontraría constreñida por el juego electoral, como ocurre con los representantes. Sin embargo, estas teorías no
han estado exentas de críticas, como los problemas prácticos en los procedimientos, problemas en la ejecución o la excesiva fe en que la ciudadanía sería más capaz de alcanzar consensos que los representantes políticos (ver Schaal y Heidenreich 2016).
Índice
1. Introducción
2. Revisión de la literatura e hipótesis
- Temas de conflicto
- Factores estructurales que afectan al conflicto
- Factores internos que afectan al conflicto
- La percepción de conflicto en los políticos
3. Metodología
4. Análisis del caso
- Evolución de la X Legislatura
- Cómo incendiar las Cortes Valencianas
- Los agentes externos del conflicto en las Cortes
- La importancia del perfil político
- Cuando el conflicto se acucia: la polarización
- La construcción del conflicto en las Cortes Valencianas
5. Conclusiones
6. Anexos
- Anexo 1: Carta de contacto con parlamentarios
- Anexo 2: E-mail de contacto con parlamentarios
- Anexo 3: Guion de la entrevista
- Anexo 4: Códigos de Nvivo
7. Bibliografía