
ISBN: 979-13-7043-042-9
© Julio Vicente Almiñana Reig, Maria Isabel Oliver Clemente, Maria Consuelo Varea Rodenas
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Introducción
Hay lugares que, vistos desde los ojos de un niño, pueden parecer enormes, fríos o incluso un poco aterradores. Los hospitales están llenos de máquinas desconocidas, pasillos infinitos, puertas automáticas y personas que trabajan muy deprisa. Cuando un niño tiene que acudir a uno, es normal que aparezcan los nervios, las dudas o el miedo.
Pero detrás de cada puerta del hospital hay personas que ayudan, cuidan y acompañan con cariño. Y entre todos esos profesionales existen unos héroes muy especiales que casi nunca llevan capa: los celadores.
Este libro nace para enseñar a los niños que un hospital también puede convertirse en un lugar de aventuras, amistad, trabajo en equipo y valentía. A través de los ojos de Leo y de las ruedas veloces de Mateo, el celador, los pequeños lectores descubrirán que los hospitales no son solo sitios donde hacen pruebas o ponen medicinas, sino auténticas ciudades llenas de personas que trabajan juntas para cuidar de los demás.
Cada capítulo muestra una misión del celador a lo largo del día: transportar una poción helada, rescatar una camilla gigante, enviar mensajes secretos por tubos neumáticos, ayudar en Urgencias, reparar ruedas especiales o repartir comidas mágicas. Y en todas ellas aparece algo muy importante: la humanidad, la empatía y el gran corazón de quienes ayudan cada día dentro del hospital. Este cuento está dedicado especialmente a todos los niños que alguna vez han sentido miedo antes de entrar en una consulta, una sala de pruebas o una habitación de hospital. Porque, a veces, conocer cómo funcionan las cosas convierte el miedo en curiosidad… y la curiosidad en valentía. Y también es un homenaje a los celadores y a todos los profesionales sanitarios que, con paciencia, esfuerzo y una sonrisa, hacen que los hospitales sean lugares un poquito más cálidos y mucho más humanos.
Así que ajustad bien las ruedas, abrazad fuerte a vuestro peluche favorito y preparaos para comenzar el viaje…
Porque las aventuras los celadores de las ruedas veloces están a punto de empezar.
Capítulo 1: El misterio de los pasillos brillantes
El coche de la familia se detuvo con un suave frenazo frente a un edificio que a Leo le pareció la construcción más gigantesca que había visto en toda su vida. Tenía tantas ventanas rectangulares que, reflejando la luz del atardecer, parecía un enorme hormiguero de cristal y acero. En la parte más alta de la fachada, unas letras corpóreas de color azul brillante daban la bienvenida a los visitantes: Hospital del Valle Feliz. Para la mayoría de la gente, era un lugar de cura y bienestar, pero para Leo, que solo tenía seis años y medio, aquel sitio imponía un respeto imponente, casi un poco de miedo.
Leo no se sentía nada bien. Llevaba dos días enteros arrastrando una tos seca y profunda que su papá decía que sonaba como el rugido de un león cansado en mitad de la selva. Además, la fiebre le había subido un par de veces, dejándole las mejillas tan coloradas y calientes como dos tostadas recién salidas del tostador. No tenía ganas de jugar con sus coches de carreras, ni de dibujar, ni siquiera de comerse el helado de vainilla que tanto le gustaba. Su mamá lo llevaba de la mano con firmeza y dulzura, mientras que su papá caminaba a su lado cargando una pequeña mochila azul de tela. Dentro de esa mochila viajaban las cosas más importantes de Leo para las emergencias: su pijama favorito de franela con estampados de tiranosaurios Rex y Triceratops, y su viejo oso de peluche marrón, llamado Runrún, al que le faltaba un ojo de botón pero que olía a su propia cama.
Al cruzar las puertas automáticas de cristal, que se abrieron de par en par con un siseo que sonó como un ¡shhh! gigante pidiendo silencio, Leo se encogió de hombros y se pegó más a la pierna de su madre. El ambiente allí dentro era completamente diferente al de la calle. El aire estaba muy acondicionado y olía de una manera muy particular, una mezcla intensa entre lavanda, jabón de manos y ese alcohol medicinal tan típico que usan los médicos. El vestíbulo de la entrada era tan alto como una iglesia. Había un trasiego constante de personas que caminaban con paso apresurado en todas direcciones. Leo observó a hombres y mujeres con batas blancas que flotaban tras ellos al caminar, a otros con uniformes de colores vivos cargando carpetas llenas de papeles, y de fondo se escuchaba un rumor constante de voces, teléfonos que sonaban a lo lejos y pantallas colgadas del techo que emitían pequeños pitidos rítmicos.
A Leo se le formó un nudo firme en el estómago. Aquello parecía un laberinto tecnológico del futuro, y la idea de quedarse allí dentro no le hacía ninguna gracia.
—Todo va a salir bien, mi campeón —le susurró su papá, agachándose un momento para ponerse a su altura y dándole un tierno apretón en los dedos—. Los médicos y las enfermeras solo van a mirar de cerca esa tos traviesa para darte el jarabe adecuado. En un abrir y cerrar de ojos estarás otra vez corriendo por el parque y subiendo a los columpios.
Índice
Capítulo 1: El misterio de los pasillos brillantes
Capítulo 2: La carrera por las pociones heladas
Capítulo 3: El rescate de la camilla gigante y el Rey de los Almacenes
Capítulo 4: El laberinto del hospital y los mensajes secretos
Capítulo 5: Al rescate en Urgencias
Capítulo 6: La Flota Inmóvil y el misterio del taller de ruedas
Capítulo 7: El laberinto de las dietas mágicas
Capítulo 8: El Código Arcoíris en la terraza secreta
Capítulo 9: El gran desfile de las ruedas veloces