
ISBN: 978-84-1142-950-4
© Francisca Paredes Ruiz, María Paredes Ruiz, María de los Ángeles Fernández Paredes
Resumen
Introducción: la Inteligencia Emocional es la capacidad para percibir, incorporar, entender y organizar las emociones propias y las ajenas fomentando el desarrollo emocional e intelectual.
Objetivo: Ampliar los conocimientos existentes sobre la Inteligencia Emocional. Metodología: búsqueda bibliografía de los últimos 10 años en las bases de datos, Cuiden, Dialnet, Web of Science, ProQuest, Scielo y PubMed.
Resultados: se han observado dos modelos principales de Inteligencia Emocional, los mixtos y los de habilidades y dependiendo del modelo utilizado, existen varias herramientas para su medición siendo la más empleada la TMMS.
Se ha comprobado como el género influye de distinta manera sobre la Inteligencia Emocional dependiendo de la etapa de la vida en la que se encuentre el individuo y de la edad y la educación que haya recibido y por último se ha verificado la importancia de la Inteligencia Emocional tanto en el desarrollo profesional de la Enfermería, como en el desarrollo personal de los sanitarios y su relación con los pacientes. Conclusión: la Inteligencia Emocional y sus modelos existentes y escalas de medición, se van a ir redefiniendo a lo largo los años, según avancen las investigaciones. La Inteligencia Emocional va a jugar un papel importantísimo en la profesión enfermera, tanto a nivel personal como profesional, por lo que debe ser una parte importante en la formación del futuro profesional. La relación con el género, no está totalmente definida porque puede variar a lo largo de la vida del individuo, según su estereotipo y la educación recibida.
Palabras Clave: Inteligencia Emocional, Escalas, Género, Enfermería.
Introducción
Actualmente la Inteligencia se define como la capacidad de entender, comprender y resolver problemas (R.A.E., 2017). Su órgano principal es el juicio, es decir, el sentido común y el práctico, la iniciativa y la capacidad de adaptarse. Se considera la capacidad general y única que puede tener cualquier persona, más o menos desarrollada y que se puede medir a través de herramientas estandarizadas (Trujillo-Flores y Rivas-Tovar, 2005).
De hecho, han sido muchos los autores que han definido la Inteligencia como algo único, sin embargo, en 1859, Charles Darwin, en su teoría “El origen de las Especies”, hizo constancia de la importancia que tienen las emociones para la conservación y adaptación de las especies (Fernández-Martínez y Montero-García, 2016). Entendiendo las emociones, como una expresión de carácter afectivo que aparece durante las vivencias de las personas y que además se acompaña de síntomas fisiológicos como pueden ser, sudoración, cambios respiratorios y rubor facial (Salovey y Mayer, 1990).
Durante los siguientes años, con la era del conductismo, la inteligencia y las emociones dejaron de tener interés y pasaron a un segundo plano. Fue unos años más tarde, cuando Thorndike (1920) habla en su trabajo sobre la Inteligencia social como la capacidad para entender y regular a las personas y la forma de actuar correctamente en las relaciones sociales (Mestre y Fernández-Berrocal, 2007). Más tarde, Wechsler (1940), dijo que la inteligencia estaba influenciada por aspectos que no eran cognitivos (Dumbrava, 2011).
En la década de los 80, Gadner (1983), a través de su libro “Estructuras de la mente”, dijo que la inteligencia no era única, sino que dependía de la persona, por lo cual todas las personas podían tener varias inteligencias para vincularse con el mundo, es la llamada Teoría de las Inteligencias Múltiples (Meléndez-Chávez, Bastián y Del Ángel-Salazar, 2013). Habla de siete inteligencias: Inteligencia lingüística, kinestésica, lógica, musical, visual, intrapersonal e interpersonal y unos años más tarde introduce la existencial y la naturística. Pero son la intrapersonal y la interpersonal, las que guardan relación con la Inteligencia Emocional (Torró-Ferrero y Pozo-Rico, 2010). La inteligencia intrapersonal como la habilidad para entender nuestras propias emociones, temores y motivaciones y respetarlas y la inteligencia interpersonal como la habilidad para entender los pensamientos, motivaciones y deseos de los demás (Garrote-Rojas y Cárceles-Reche, 2006).
Los primeros autores en utilizar las palabras Inteligencia Emocional, fueron Mayer y Salovey (1990) definiéndola como una parte de la inteligencia social que conlleva la habilidad para controlar tanto las emociones y los sentimientos propios como los ajenos, diferenciar entre ellos y usar esta información para orientar nuestras ideas, nuestros comportamientos y acciones. Esta inteligencia la forman una serie de capacidades adaptativas como son, la valoración de nuestras propias emociones y las de los demás, el control de las mismas y por último el uso de estas, para adaptarse al medio (Psilopanagioti, Anagnostopoulos, Mourtou, y Niakas, 2012).
Cinco años más tarde, Daniel Goleman (1995), psicólogo, filósofo y periodista, hizo muy famoso este concepto, gracias a su best-seller Inteligencia Emocional, en el cual reinterpreta el concepto de Mayer y Salovey, sumando las características de personalidad y comportamiento estables, como el entusiasmo y la constancia (López-Fernández, 2015) y definiéndola como un grupo de capacidades esenciales que incluye la empatía, la motivación, la persistencia, el optimismo y las habilidades sociales para solucionar satisfactoriamente los problemas de la vida diaria (Webb et al., 2013).
Dos años más tarde, Mayer y Salovey (1997), volvieron a redefinir el concepto de Inteligencia Emocional, como la capacidad para percibir, incorporar, entender y organizar las emociones propias y las ajenas, fomentando el desarrollo emocional e intelectual. Esta redefinición es la conceptualización más mantenida de la Inteligencia Emocional en la actualidad (Aguilera-Moreno, 2016).
Así mismo, en este mismo año, el psicólogo Bar-On (2006), define la Inteligencia Emocional y Social como las capacidades y aptitudes emocionales y sociales que ayudan a adaptarse y a interaccionar con el entorno. Con este modelo de inteligencia se consigue que las emociones obren a favor nuestra y no en contra, para lograr el éxito social y el bienestar psicológico, a lo largo de la vida.
En los últimos años, la Inteligencia Emocional, se está relacionando de forma positiva y negativa indistintamente con una amplia gama de factores tales como el multiculturalismo, la resiliencia, la empatía, la edad, la religión y comportamientos disruptivos como por ejemplo el Bullying, por la gran implicación que tienen las emociones en ellos.
Se entiende multiculturalismo como la manifestación de la diversidad cultural que dice no, a la discriminación por motivos de raza o cultura, Se trata de una conmemoración e identificación de la diversidad cultural así como la legitimidad a ella.
En este sentido, el multiculturalismo y la actitud positiva a la diversidad cultural se asocian con grupos de valores hallados en las personas. Es por esto que, actitudes positivas a la diferencia cultural están relacionadas con las competencias sociales de la Inteligencia Emocional, concretamente de la Inteligencia Interpersonal (Sosa, Mele y Zubieta, 2009).
En la misma línea, Extremera y Fernandez-Barrocal (2003), manifiestan que la ausencia de Inteligencia Emocional promueve la disminución de la calidad de las relaciones con los demás y de la capacidad de adaptarse a los diferentes contextos social y cultural en el que se desarrolla el individuo, o lo que es lo mismo, las percepciones, actitudes y creencias de los diferentes marcos sociales y culturales (Eyzaguirre, 2014).
De tal forma, la Inteligencia Emocional ayudaría a formar una sociedad basada en el respecto a los diferentes grupos o colectivos culturales, para aprender a vivir en una sociedad en continuo cambio (Garrote-Rojas y Cáceres-Reche, 2006), proporcionando resiliencia y fomentaría, la capacidad de comprendernos y aceptarnos, la capacidad de reconocer las emociones de los demás, la capacidad para usar las emociones y la capacidad para conseguir una actitud positiva y feliz ante la adversidad (Omar, Salessi, Urteaga y Vaamonde, 2014) en otros términos, propiciaría a ser más empáticos, es decir, ayudando a percibir y entender los sentimientos, necesidades y preocupaciones de los demás (Garrote-Rojas y Cáceres-Reche, 2006).
De este modo, la empatía, permite la convivencia y ayuda a la mejora de las habilidades sociales. Diversas investigaciones demuestran la relación entre la empatía y la inteligencia emocional, tanto la intrapersonal como la interpersonal (Extremera y Fernández- Berrocal, 2004), siendo esta última, la que mejor se adapta a la empatía y al entendimiento de los sentimientos de los demás. Del mismo modo, revelan la importancia de impulsar la inteligencia emocional para el desarrollo de las habilidades emocionales, con el objetivo de fomentar la socialización y el desarrollo de la personalidad. Es por ello, que los individuos que atienden de manera correcta a sus sentimientos y emociones, infieren esa habilidad al terreno de las relaciones con los demás (Gorostiaga, Balluerkan y Soroa, 2014).
Considerando que la socialización y el desarrollo de la personalidad van a variar a lo largo de la vida, el individuo se va a enfrentar a multitud de situaciones y experiencias, tanto positivas como negativas, las cuales debe afrontar. Este proceso va a producir una evolución del desarrollo emocional que va a aumentar las habilidades emocionales, tanto interpersonales como intrapersonales.
Índice
Introducción
Justificación
Objetivos
- 1. Objetivo General
- 2. Objetivos específicos
Metodología
Resultados
1. Modelos de Inteligencia Emocional
- 1.1. Modelos Mixtos
- 1.2. Modelos de Aptitudes o Habilidades
- 1.3. Otros modelos
2. Instrumentos más utilizados para medir la Inteligencia Emocional
3. Relación entre Inteligencia Emocional y el campo de la Enfermería y diferencias de género
Discusión
Conclusión
Bibliografía